Turquía-Kurdistán-Irán

Trans-Asian, un tren que une lo separado

Un tren con nombre propio, el Trans-Asian-Express, une las capitales de Turquía e Irán. Es un medio que ayuda a unir dos partes del planeta cercanas, pero a la vez muy separadas entre sí. En él se puede vivir una rica mezcla de culturas mientras se viaja de una manera clásica, lenta pero muy relajada.

El romanticismo, el espíritu de aventura y las vistas del paisaje que va cambiando a su paso eran las características más llamativas de los grandes trenes. El Trans-Asia-Express sigue conservando parte de ese encanto que en Europa se ha ido perdiendo al dejar paso a los trenes de alta velocidad y sobre todo al transporte aéreo. Ello convierte en una especie en peligro de extinción en la actualidad a los trenes con nombre propio. El avión es el mayor culpable de esta tendencia. Las tarifas de vuelo son cada vez más baratas, y en un mundo que se mueve cada vez más rápido el tiempo es el factor clave. Las compañías low-cost le están acabando de dar la puntilla.

El tren europeo más famoso era el Orient Express, que unía Paris con Estambul desde 1883, aunque desde 1977 tenía su origen en Viena, y finalmente se desvaneció en 2009. No aguantó el paso del tiempo. Otros sin embargo siguen gozando de una salud excelente, como es el caso del tren con el recorrido más largo del mundo, el Transiberiano ruso. Este tren va desde Moscú hasta la ciudad de Vladivostok en la orilla del océano Pacífico a nueve mil kilómetros de distancia de su punto de partida. El ferrocarril que une Turquía e Irán está a medio camino entre los dos casos, ni es un destino de tanto éxito como el ruso, ni parece que vaya a desaparecer como el tren europeo.

El Trans-Asia-Express es menos conocido que esos dos trenes que recorren Europa y Asia. No tiene el glamour del Orient Express ni representa un viaje tan largo como el Transiberiano, sin embargo su trayecto no está exento de encanto y es sin duda uno de los trenes que más espíritu de aventura conserva. En él te puedes encontrar con turistas que quieren visitar Irán, mochileros que viajan por el mundo, con iraníes que vuelven para visitar a sus familiares, azeríes en viaje de negocios o turcos que simplemente lo utilizan como un tren normal.

Su inicio regular data de 1971, cuando en una época de gran desarrollo económico y social en Irán, se decidió lanzar un servicio que trajera a los turista europeos desde Estambul, conectando así con la red de ferrocarriles europeos. Era un servicio lujoso, muy del estilo del Orient Express más clásico, que duró hasta 1980. La guerra entre Irán e Iraq y las penurias económicas no permitieron hasta 2001 que el tren volviese a circular. Desde septiembre de 2011 lo hace temporalmente desde Ankara en vez de Estambul. Esto se debe a las obras del canal que deberá unir Europa con Asia en Estambul. Se prevé que en 2013 el tren volverá a partir de Estambul.

Hasta 2013 el viajero tiene por tanto una dificultad añadida para poder tomar el tren, ya que los vuelos a Ankara son bastante más escasos que hasta la turística Estambul. Esto también le quita cierto encanto, ya que la estación de Estambul es un sitio emblemático en comparación con la arquitectura más clásica, y típica, de la estación de Ankara. Por todo ello, lo más probable que el viajero que quiera tomar el tren tendrá que viajar desde Estambul a Ankara. Tiene varias opciones, pero las más cómodas son desde luego otro tren o un autobús de línea, siendo ambos casos muy cómodos y baratos.

El Trans-Asia-Express sale todos los miércoles a las 10:25 de la mañana de Ankara en un viaje que dura dos días y medio y cuesta el equivalente a 40 euros. El tren turco es cómodo, aunque algo envejecido, con unos cupés de cuatro plazas en los que los propios trabajadores de las líneas de ferrocarril turcas intentan que no coincidan extranjeros y trucos o iraníes de sexos diferentes. Como todo viajero se va dando cuenta durante el viaje, las reglas han cambiado. Por mucho que el ticket diga que se tiene la plaza 16, eso no garantiza que no un cambio para poder acomodar a un grupo de mujeres musulmanas.

El paisaje que acompaña al viaje es al principio un tanto monótono. Pueblos y campos agrícolas con un aspecto que recuerda mucho al mediterráneo, con la única diferencia de las mezquitas que sustituyen a las iglesias. Según avanza el viaje veremos zonas más montañosas con bellos parajes en los que se turnan valles con ríos, montañas lejanas y más pueblos.

A las pocas horas de salir de Ankara los viajeros cogen confianza y empiezan a moverse por el tren, ya sea saliendo simplemente al pasillo o yendo al vagón restaurante. La típica hospitalidad oriental se hace sentir para los europeos. Tanto los turcos como los iraníes entablan, o lo intentan, conversación fácilmente, aunque el idioma sigue siendo un problema ya que pocos hablan otra lengua que no sea turco o persa. En esos momentos es cuando sale a la luz el idioma de signos internacional apoyado por el inglés que puedan saber los interlocutores en cada caso.

El vagón restaurante sirve como principal punto de reunión para los viajeros, sobre todo para los europeos. Turcos e iraníes sí suelen llevar mejores provisiones al estar seguramente más acostumbrados a los viajes largos en tren. Los europeos en cambio son totalmente dependientes del restaurante del tren. La variedad de comidas ofrecidas no es grande y se limita a comida típica turca, aunque está bien preparada y es bastante sabrosa. Carne de cordero y pollo, ensaladas, alguna sopa, y el omnipresente té serán un constante durante todo el viaje. Algo que notaremos enseguida es que el consumo de bebidas alcohólicas es bastante más reducido de los que normalmente estamos acostumbrados, se va notando el factor musulmán. Además la cerveza o vino son realmente caros si lo comparamos con el resto de los productos.

Como contrapartida un viajero suizo de bastante edad, Herbin, cuenta que cuando él hizo su primer viaje por esta ruta, allá por 1974, el vino fluía a raudales. Eso sí, también señala que la comida ha mejorado, en los setenta los alimentos disponibles se reducían a alubias y cordero únicamente. Este intercambio de anécdotas hace que se mire poco por la ventana al paisaje que se desplaza y más a los interlocutores que se van encontrando dentro del tren. Las paradas que se suceden son por lo general bastante cortas, lo justo para que puedan subir nuevos viajeros. Solo en dos ocasiones podemos salir a estirar las piernas y a comprar algo de provisiones para el viaje.

Una pregunta que siempre sale de las primeras al hablar con otros viajeros es el por que de viajar a Irán. Andreas, un joven estudiante alemán, cuenta que viaja a Teherán para estudiar ahí unos meses el idioma. Un poco más tarde añade que realmente los estudios son una excusa para reunirse con una estudiante iraní que conoció el año anterior en Alemania. Actualmente en Irán se recomienda no besarse o cogerse de la mano en público ya que puede ir contra las leyes musulmanas, y si la pareja es una chica persa y un extranjero las precauciones que deben tomar se multiplican, por todo ello es admirable la decisión del joven estudiante europeo. Otros sin embargo tienen Irán como un destino de paso en un viaje mucho más largo, como es el caso de unos hermanos suecos, Liv y Kalev. Salieron de su Suecia natal en dirección a la India, todo por ferrocarril.

Al cabo de poco más de un día de viaje se llega al lago de Van, en el este de Turquía. Ahí dejamos la parte del tren turco para embarcarnos en un ferry con el cual cruzaremos los aproximadamente 90 kilómetros del lago hasta la ciudad que le da nombre y que se encuentra en la orilla oriental del mismo. En la embarcación encontramos otra oportunidad para entablar conversación con turcos e iraníes, ya que todo el pasaje se encuentra en una gran sala con butacas en la sala superior. Ahí nos encontraremos un café regentado por un hombre turco que a parte de vendernos bebidas y bocadillos nos ofrecerá cambiar toda clase de moneda, liras turcas, riales iraníes, euros o dólares, aunque el cambio no es el más ventajoso. Este hombre también deleitará al pasaje con toda clase de bromas que provocarán gran cantidad de risas entre el pasaje.

Si en el tren no hemos llegado a apreciar completamente la hospitalidad oriental en el ferry la podremos volver a notar. No es extraño que alguien nos ofrezca dulces o frutos secos, como es el caso del dulce típico iraní nogla que ofrece a los pasajeros más cercanos Elmira, una joven iraní que vuelve a su país junto a su madre para visitar a sus familiares. Las ideas preconcebidas que hay en Europa quedan olvidadas muy pronto al tratar con iraníes. Son gente abierta y simpática, aunque con sus propias costumbres, las cuales tampoco son difíciles de respetar.

Al llegar al otro lado del lago de Van nos encontramos con el cruce de pasajeros de los dos trenes. Por un lado los del tren turco que pasan al tren iraní, entre los cuales hay muchos turistas y gente en su mayoría relajada. En frente están los pasajeros del tren iraní que se dirigen hacia el interior de Turquía, gente con rostros mucho más sombríos y una enorme cantidad de equipaje, llegando a recordar a refugiados que huyen, que está claro que tardará mucho tiempo en volver hacia su punto de origen.

Antes de subir al propio tren iraní todo el pasaje se acaba o se deshace del alcohol que traía consigo. Una vez dentro del tren, no mucho más viejo que el turco, pero desde luego más acogedor, ya no habrá ninguna bebida alcohólica a la venta, como en todo el territorio de Irán. La sorpresa agradable del tren iraní es que todos los alimentos están incluidos en el precio del pasaje.

El paso de la frontera entre los dos países se hace de noche y es un proceso algo lento, pero sin complicación ninguna. Una vez dentro de Irán queda menos de un día de viaje que transcurre placenteramente observando un paisaje algo menos monótono que en Turquía.

El paisaje que vemos desde el tren iraní es menos monótono que en Turquía, aunque la diferencia tampoco es demasiado notable. La zona fronteriza es muy montañosa, aunque árida. Y según vamos avanzando hacia Teherán todo se va volviendo cada vez algo más verde, con arboles y montañas constantes.

Al cabo de más de dos días de viaje finalmente llega Teherán, punto final de tan singular tren que une en su versión clásica Europa y Persia. La travesía desde el viejo continente hasta Irán es amena y sencilla, a pesar de todas las diferencias que presuntamente separan los dos lugares.

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